Respuesta corta
Antes de usar IA con información confidencial hay que resolver cinco frentes. Clasificación: definir qué información puede procesarse con un servicio externo, cuál requiere anonimización y cuál no sale de la organización. Contrato: confirmar por escrito que los datos no se usan para entrenar modelos, cuánto se retienen y dónde se procesan. Permisos: dar al sistema acceso solo a lo que necesita, no al repositorio completo. Trazabilidad: dejar registro de qué se consultó y quién puede auditarlo. Y cumplimiento: si hay datos personales, verificar que la finalidad esté cubierta por la autorización del titular y que la transferencia internacional esté contemplada en tu política de tratamiento de datos.
¿Por dónde se empieza?
Por clasificar, no por elegir herramienta. Definir tres niveles de información —procesable con un servicio externo, procesable tras anonimizar, y no sale de la organización— convierte una discusión de miedo en una decisión de alcance.
Con esa clasificación hecha, la elección técnica se vuelve casi automática. Sin ella, cada proyecto vuelve a empezar la misma conversación.
¿Qué pasa si el equipo ya está usando IA por su cuenta?
Es lo más frecuente, y prohibirlo empuja el uso a la clandestinidad, donde no hay control alguno. Lo que funciona es ofrecer una alternativa aprobada que sea al menos igual de cómoda y decir con claridad qué información no puede pegarse en ninguna herramienta.